La deuda pendiente del seguro agrícola: proteger también las construcciones y activos del campo
Agroseguros ha contribuido durante años a acercar los seguros al mundo agrícola, especialmente mediante el subsidio a coberturas relacionadas con cultivos y producción. Sin embargo, existe otra parte del patrimonio rural que permanece mucho menos protegida: construcciones, bodegas, galpones, maquinaria, instalaciones, equipos y otros activos productivos. La baja cobertura de los pequeños y medianos agricultores plantea una pregunta para la industria: ¿falta demanda o falta una oferta diseñada específicamente para este segmento?
Chile cuenta con un instrumento que ha permitido ampliar el acceso a los seguros agrícolas. Agroseguros, dependiente del Ministerio de Agricultura, promueve y subsidia la contratación de seguros para distintos riesgos asociados a la actividad agropecuaria.
El foco ha estado principalmente en proteger la producción frente a eventos que pueden afectar los cultivos y la actividad agrícola. Esto ha permitido que una parte de los riesgos propios del campo pueda ser transferida al mercado asegurador con apoyo estatal.
Pero existe una pregunta que parece menos explorada:
¿Qué ocurre con todo lo que está alrededor del cultivo?
Una explotación agrícola no está constituida solamente por lo que se siembra.
También existen casas patronales, bodegas, galpones, packing, sistemas de riego, instalaciones eléctricas, estanques, maquinaria, herramientas, vehículos, equipos y otras construcciones e instalaciones que pueden representar una parte significativa de la inversión del agricultor.
Y buena parte de esos activos puede quedar fuera de una protección aseguradora adecuada.
Dos mundos dentro de la agricultura
La realidad de una gran agroindustria es muy diferente de la de un pequeño o mediano productor.
Las grandes empresas agrícolas y agroindustriales cuentan habitualmente con departamentos financieros, asesores de riesgo, corredores especializados y programas de seguros que permiten estructurar coberturas para sus diferentes activos y exposiciones.
El problema aparece cuando se baja de escala.
Para un pequeño agricultor, contratar un programa de seguros que contemple incendio, riesgos de la naturaleza, robo, responsabilidad civil, maquinaria, instalaciones y otros riesgos puede resultar complejo. También puede ser difícil encontrar una solución que tenga sentido económico para una explotación de menor tamaño y, sobre todo, que haya sido diseñada considerando las características particulares del riesgo rural.
Esto genera una situación que merece ser analizada por la industria.
El hecho de que un agricultor no tenga seguro, ¿significa necesariamente que no quiere asegurarse?
No necesariamente.
¿Falta demanda o falta oferta?
La respuesta probablemente sea una combinación de factores.
Es cierto que existe una cultura de autoseguro en parte del mundo agrícola. Algunos productores pueden considerar que determinados eventos son poco probables, que el costo de la prima no se justifica o que históricamente han enfrentado los riesgos con recursos propios.
Pero también existe otra posibilidad: que el mercado asegurador no esté ofreciendo una propuesta suficientemente simple, accesible y adaptada a sus necesidades.
Cuando una persona no compra un producto, la explicación no siempre está en que no lo quiere. También puede estar en que no lo entiende, no sabe dónde contratarlo, considera que es demasiado complejo o simplemente no encuentra una alternativa adecuada.
En seguros, esta distinción es especialmente importante.
El problema de los 15 minutos
Uno de los obstáculos más evidentes para asegurar determinados riesgos rurales está relacionado con la distancia respecto de los servicios de emergencia.
Para muchas aseguradoras, la distancia hasta un cuartel de Bomberos constituye un elemento relevante en la suscripción del riesgo de incendio. En determinados productos y condiciones de aseguramiento, ubicaciones que se encuentran a más de aproximadamente 15 minutos pueden quedar fuera de los parámetros habituales de aceptación o enfrentar restricciones importantes.
Desde la perspectiva técnica de una aseguradora, existen razones para considerar este factor.
La distancia de respuesta de Bomberos puede influir directamente en la severidad de un incendio. Una construcción ubicada en una zona urbana y otra situada a varios kilómetros de un centro poblado no presentan necesariamente la misma exposición.
Pero existe una pregunta que la industria debería hacerse:
¿La única respuesta posible frente a un riesgo rural elevado es no asegurarlo?
Probablemente no.
El riesgo rural necesita otra ingeniería aseguradora
Una alternativa podría ser desarrollar productos específicamente diseñados para el mundo rural, en lugar de intentar aplicar al campo las mismas soluciones construidas para el mercado urbano.
La tecnología y los datos permiten hoy conocer mucho mejor un riesgo que hace algunos años.
Geolocalización, imágenes satelitales, información meteorológica, características constructivas, proximidad a fuentes de agua, accesibilidad, caminos, topografía, vegetación circundante, sistemas de prevención y disponibilidad de medios propios de combate de incendios son variables que pueden incorporarse a la evaluación.
Incluso podría pensarse en una clasificación más sofisticada del riesgo rural que la simple distancia hasta un cuartel de Bomberos.
Un predio situado a 30 minutos de un cuartel no necesariamente presenta el mismo riesgo que otro situado a la misma distancia, pero sin caminos adecuados, sin fuentes de agua y con construcciones rodeadas de vegetación.
La pregunta debería ser entonces qué riesgo existe realmente y qué medidas pueden modificarlo.
Una oportunidad para crear una nueva categoría de productos
Aquí aparece una oportunidad comercial interesante.
La industria podría desarrollar una línea de seguros especialmente orientada a pequeños y medianos agricultores, con productos modulares y fáciles de contratar.
En lugar de intentar vender una póliza tradicional de hogar o una póliza industrial adaptada al campo, podría construirse una solución específicamente rural.
Por ejemplo, un programa podría combinar:
incendio y riesgos de la naturaleza para construcciones;
bodegas y galpones;
maquinaria y equipos agrícolas;
sistemas de riego y otras instalaciones;
herramientas y bienes almacenados;
robo;
responsabilidad civil;
accidentes asociados a determinadas actividades;
pérdida o daño de activos productivos;
y coberturas adicionales según el tipo de explotación.
La clave estaría en que el producto fuera modular, simple y proporcional al tamaño de la explotación.
Un pequeño productor no debería necesitar contratar un programa de seguros diseñado para una gran agroindustria.
El seguro también podría incentivar la prevención
Existe además una oportunidad para cambiar la lógica tradicional de suscripción.
En lugar de limitarse a clasificar un predio como asegurable o no asegurable, la compañía podría establecer un sistema en el que determinadas medidas de prevención permitan acceder a cobertura o mejorar sus condiciones.
Disponibilidad de agua, estanques, bombas, cortafuegos, mantención de instalaciones eléctricas, despeje de vegetación alrededor de construcciones, accesibilidad para vehículos de emergencia, sistemas de detección o mecanismos de alerta podrían formar parte de una evaluación integral.
El agricultor tendría así un incentivo concreto para reducir su exposición y la aseguradora podría mejorar la calidad del riesgo que está incorporando a su cartera.
Esto permitiría pasar de una lógica de “el riesgo rural es demasiado complejo” a otra de “qué debemos hacer para que este riesgo sea asegurable”.
Agroseguros y la oportunidad que viene después
El rol de Agroseguros demuestra que existen mecanismos para acercar la protección aseguradora al sector agrícola.
Pero la existencia de subsidios para determinados seguros no significa que todo el patrimonio agrícola esté protegido.
Existe una diferencia entre asegurar lo que produce el campo y asegurar el patrimonio que permite producir.
Un incendio que destruya una bodega, una instalación de riego, un galpón o maquinaria puede comprometer la continuidad de una explotación aunque la producción agrícola cuente con algún mecanismo de protección.
Por eso, podría existir espacio para una segunda etapa de desarrollo del seguro rural: avanzar desde la protección de determinados riesgos productivos hacia una protección integral del patrimonio agrícola.
Un mercado que la industria todavía podría desarrollar
La discusión no debería reducirse a determinar si los pequeños y medianos agricultores están dispuestos a pagar una prima.
La pregunta más interesante es si existe una propuesta capaz de demostrarles el valor del seguro, con coberturas comprensibles, primas proporcionales a su realidad y condiciones de suscripción que reconozcan las particularidades del riesgo rural.
El mercado asegurador ha demostrado capacidad para diseñar soluciones altamente sofisticadas para grandes empresas agrícolas.
El desafío podría ser hacer algo distinto: tomar ese conocimiento técnico y convertirlo en productos simples, escalables y económicamente accesibles para quienes hoy están fuera del sistema.
La oportunidad podría ser significativa.
Chile tiene una extensa actividad agrícola y una gran cantidad de pequeños y medianos productores que dependen de activos físicos para desarrollar su actividad. Muchos de ellos enfrentan riesgos que pueden comprometer no solamente un año de producción, sino la continuidad de su negocio y, en algunos casos, el patrimonio construido durante décadas.
Si una parte de esos productores no está asegurada porque considera innecesario el seguro, existe un desafío de educación y distribución.
Pero si no está asegurada porque no existe una oferta adecuada para sus características, entonces estamos frente a un problema muy diferente.
Estamos frente a una oportunidad de mercado.
Y quizás sea momento de que la industria aseguradora deje de mirar el campo solamente como un lugar donde asegurar cultivos y comience a verlo como lo que realmente es: un enorme conjunto de personas, empresas, construcciones, máquinas, instalaciones y patrimonios que también necesitan protección.
La pregunta final no debería ser por qué el pequeño y mediano agricultor no compra seguros.
La pregunta debería ser:
¿Qué tendría que hacer la industria para que asegurar el patrimonio rural sea una decisión tan natural como asegurar el cultivo que lo sustenta?

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