El activo más importante que tenemos y que casi nunca aseguramos
Construimos nuestro patrimonio gracias a nuestra capacidad de generar ingresos, pero cuando pensamos en seguros normalmente partimos por proteger los bienes que ya tenemos. El seguro de vida puede cumplir un papel mucho más profundo: proteger económicamente a la familia frente a la pérdida de quien genera esos ingresos.
Construir un patrimonio requiere años de trabajo.
Una persona comienza su vida laboral, obtiene ingresos, compra un automóvil, adquiere una vivienda, forma una familia, acumula ahorros, invierte y, con el paso del tiempo, va construyendo un patrimonio que espera conservar y, eventualmente, entregar a sus hijos.
A medida que ese patrimonio crece, también aumenta la preocupación por protegerlo.
Aseguramos el automóvil porque un accidente puede significar una pérdida importante. Aseguramos la vivienda porque un incendio, un terremoto o un robo pueden destruir años de esfuerzo. Una empresa protege sus instalaciones, sus equipos y sus existencias.
Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos:
¿Qué pasaría con todo ese patrimonio si perdiéramos nuestra capacidad de generar los ingresos que permitieron construirlo?
El activo más importante no está en el balance
Una persona que recibe un sueldo de $2 millones mensuales puede pensar que su principal patrimonio es su vivienda, su automóvil, sus inversiones o sus ahorros.
Sin embargo, desde una perspectiva económica, existe un activo que puede tener un valor muy superior: su capacidad futura de generar ingresos.
Si una persona tiene 40 años y espera trabajar otros 25 años, sus ingresos futuros pueden representar cientos de millones de pesos.
Ese flujo futuro permite pagar la vivienda, financiar la educación de los hijos, mantener el automóvil, ahorrar para la jubilación y seguir aumentando el patrimonio.
Sin esa capacidad de generar ingresos, todos esos compromisos continúan existiendo.
Nuetros gastos no desaparecen porque una enfermedad nos impida trabajar. La educación de los hijos sigue costando lo mismo y las obligaciones financieras continúan venciendo.
El problema no es solamente perder un ingreso. Es perder el motor que sostiene todo el patrimonio.
Primero protegemos lo que tenemos
Existe una lógica bastante arraigada en nuestra relación con los seguros.
Cuando adquirimos un automóvil, pensamos inmediatamente en asegurarlo. Cuando compramos una vivienda, buscamos protegerla. Si tenemos una empresa, aseguramos sus activos y contratamos coberturas de responsabilidad civil.
Es comprensible.
Son bienes concretos, visibles y cuyo valor podemos determinar.
En cambio, nuestra capacidad de generar ingresos no la vemos como un activo. Está incorporada a nuestra actividad laboral y, mientras todo funciona normalmente, parece algo permanente.
Pero no lo es.
Una enfermedad grave, un accidente o la muerte pueden alterar radicalmente esa capacidad.
Y mientras más dependan otras personas de nuestros ingresos, mayor es el riesgo económico asociado a esa pérdida.
El seguro de vida como protección patrimonial
Aquí aparece una función del seguro de vida que muchas veces queda relegada frente a su asociación casi exclusiva con la muerte.
El seguro de vida puede ser entendido también como una herramienta de protección patrimonial.
Su función es entregar recursos cuando ocurre un evento que puede afectar severamente la capacidad económica de una familia.
Si quien genera la mayor parte de los ingresos fallece, la familia no pierde solamente a una persona. Puede perder también el flujo económico que permitía mantener el nivel de vida, pagar deudas, financiar la educación de los hijos y continuar construyendo patrimonio.
El seguro de vida permite transferir parte de ese riesgo a una compañía aseguradora.
No evita la pérdida humana, naturalmente. Pero puede evitar que esa pérdida se transforme además en una crisis patrimonial.
¿Cuánto vale nuestra capacidad de generar ingresos?
La pregunta puede resultar incómoda, pero es fundamental.
¿Cuánto dinero tendría que recibir una familia si quien genera sus ingresos falleciera hoy para mantener razonablemente sus compromisos durante los próximos años?
La respuesta no necesariamente coincide con el valor de los bienes que esa persona posee.
Puede ser mucho mayor.
Una persona puede tener una vivienda de $200 millones y estar preocupada por asegurarla correctamente. Pero si su ingreso mensual sostiene una familia durante 20 o 25 años, el valor económico de ese flujo futuro puede ser considerablemente superior.
Por eso, el análisis debería comenzar al revés de como muchas veces lo hacemos.
No preguntarnos primero qué bienes tenemos que asegurar, sino:
¿Qué es lo que permite que esos bienes existan y que podamos mantenerlos?
La respuesta es nuestra capacidad de generar ingresos.
No se trata solamente de proteger a quien trabaja
Esta reflexión también permite ampliar la mirada sobre quién necesita un seguro de vida.
No solamente necesita protección quien tiene un patrimonio importante.
Puede ser incluso más importante para una persona que está recién comenzando a construirlo.
Un profesional de 30 o 35 años puede tener pocos activos, pero una larga trayectoria de ingresos por delante. Puede tener una pareja, hijos pequeños, una hipoteca o créditos y una familia que depende total o parcialmente de sus ingresos.
Su patrimonio actual puede ser relativamente pequeño.
Su patrimonio futuro, en cambio, puede ser enorme.
Y es precisamente ese patrimonio futuro el que está expuesto si desaparece prematuramente la capacidad de generar ingresos.
El seguro no reemplaza la generación de ingresos
Hay, sin embargo, una distinción importante.
El seguro de vida no asegura literalmente el sueldo ni garantiza que una persona mantendrá indefinidamente su capacidad de trabajar.
Lo que hace es transferir financieramente las consecuencias de determinados riesgos, de acuerdo con las coberturas contratadas.
Por eso, la correcta determinación del capital asegurado, las coberturas adicionales y las necesidades de cada persona son fundamentales.
Dependiendo de la situación familiar y patrimonial, puede ser necesario considerar no solo el fallecimiento, sino también riesgos que puedan afectar la capacidad de trabajar, siempre de acuerdo con las condiciones específicas de cada póliza.
Una mirada distinta al seguro
Quizás el principal problema es cultural.
Hemos aprendido a pensar el seguro desde el objeto que queremos proteger.
Tenemos una casa: la aseguramos.
Tenemos un automóvil: lo aseguramos.
Tenemos una empresa: aseguramos sus activos y responsabilidades.
Pero deberíamos aprender a pensar el seguro desde el riesgo económico que queremos transferir.
Y desde esa perspectiva, nuestra capacidad de generar ingresos debería ocupar uno de los primeros lugares.
Porque los bienes que acumulamos son, en gran medida, la consecuencia de los ingresos que hemos generado durante nuestra vida.
Proteger solamente los bienes sin proteger adecuadamente la fuente que permite adquirirlos y mantenerlos puede significar proteger el resultado y dejar expuesto el origen.
El mayor patrimonio puede ser el que todavía no tenemos
Hay una paradoja que conviene evitar —y que quizás sea mejor llamar simplemente una contradicción—: muchas personas dedican tiempo y dinero a asegurar bienes que ya poseen, pero no destinan la misma atención a proteger los ingresos futuros que harán posible conservarlos y seguir aumentando su patrimonio.
El seguro de vida puede cumplir precisamente ese papel.
No debería ser visto solamente como un mecanismo destinado a entregar dinero después de la muerte.
Puede ser parte de una estrategia de protección patrimonial que comienza mucho antes.
Porque cuando una persona asegura su casa está protegiendo un patrimonio que ya construyó.
Cuando asegura su capacidad económica frente a determinados riesgos, está protegiendo también los años de trabajo que todavía le quedan por delante.
Y quizás allí está el verdadero punto de partida de una adecuada planificación aseguradora:
antes de proteger todo lo que hemos conseguido, deberíamos preguntarnos qué pasaría si perdiéramos la capacidad que nos permitió conseguirlo.

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