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La gente vive más, pero no necesariamente mejor: el nuevo desafío para los aseguradores

hace 2 horas
5 min de lectura

Las nuevas estimaciones de la OMS muestran que la esperanza de vida mundial prácticamente recuperó los niveles previos a la pandemia. Pero los años vividos en buena salud avanzan más lentamente. Para la industria aseguradora, esta diferencia puede convertirse en uno de los grandes desafíos —y también en una de las mayores oportunidades— de las próximas décadas.

Vivir más es, sin duda, uno de los grandes logros de la humanidad. Pero para la industria aseguradora la pregunta relevante no es solamente cuántos años viviremos, sino en qué condiciones viviremos esos años adicionales y quién financiará los riesgos asociados a una vida más larga.

Las nuevas estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicadas esta semana, entregan una señal especialmente relevante para el sector.

La esperanza de vida mundial alcanzó 73,3 años en 2023, prácticamente recuperando los 73,4 años registrados en 2019, antes de la pandemia. Después de caer hasta 71,4 años en 2021 como consecuencia del impacto de la COVID-19, el indicador volvió a recuperar terreno.

Pero existe otra cifra que debería llamar particularmente la atención de los aseguradores.

La esperanza de vida saludable —los años que una persona puede esperar vivir en condiciones de salud que le permitan mantener una vida funcional— llegó a 62,8 años en 2023. Es decir, se recuperó más lentamente que la esperanza de vida y todavía se encuentra 0,4 años por debajo del nivel de 2019.

La conclusión es evidente: vivimos más, pero los años adicionales no necesariamente son años libres de enfermedad o dependencia.


El problema cambia de longevidad a longevidad saludable

Esta diferencia debería comenzar a ocupar un lugar mucho más relevante en las discusiones estratégicas de las compañías de seguros.

Tradicionalmente, la longevidad ha sido analizada principalmente desde la perspectiva previsional y actuarial. Para una aseguradora que paga una renta vitalicia, que una persona sobreviva más tiempo significa mantener durante más años una obligación financiera.

Pero la nueva realidad introduce una segunda dimensión.

Una persona puede vivir diez, quince o veinte años adicionales, pero durante parte de ese período puede enfrentar enfermedades crónicas, deterioro funcional, dependencia, demencia o mayores necesidades de atención médica.

Para el asegurador, por lo tanto, el riesgo no termina cuando se prolonga la vida: cambia de naturaleza.


Salud: una presión que seguirá creciendo

Las nuevas cifras de la OMS muestran también una transformación profunda en las causas de muerte.

Las enfermedades no transmisibles —entre ellas las enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes y demencias— representaron el 74% de todas las muertes en el mundo en 2023, frente al 58% en 2000.

La demencia constituye uno de los ejemplos más claros. Según las nuevas estimaciones, pasó a ser la quinta causa de muerte mundial en 2023, mientras que el número de fallecimientos asociados a ella se triplicó respecto de 2000.

Para las compañías de seguros de salud y vida esto significa que el envejecimiento no puede analizarse únicamente a partir de las tablas de mortalidad.

Será necesario incorporar cada vez con mayor precisión variables relacionadas con morbilidad, dependencia, discapacidad y utilización de servicios de salud.


El seguro de vida también cambia

Una mayor esperanza de vida puede reducir determinados riesgos de mortalidad a edades más tempranas, pero simultáneamente puede aumentar la duración de determinadas obligaciones.

Esto resulta especialmente relevante para las rentas vitalicias.

Si los asegurados sobreviven durante más tiempo que el contemplado originalmente en las hipótesis actuariales, la compañía deberá financiar pagos durante períodos más prolongados.

Por eso, la evolución de la longevidad continuará siendo un elemento crítico para las reservas, el capital, la gestión de activos y pasivos y las estrategias de inversión.

Pero existe otra pregunta que probablemente tendrá cada vez más importancia:

¿qué ocurre durante los años adicionales que una persona vive, pero deja de ser completamente autónoma?


El seguro de dependencia adquiere otra dimensión

Aquí aparece probablemente uno de los mayores espacios de crecimiento para la industria.

La prolongación de la vida está generando una necesidad que todavía no tiene una respuesta aseguradora suficientemente desarrollada en muchos mercados latinoamericanos: financiar la dependencia.

Cuidados domiciliarios, asistencia permanente, residencias especializadas, tratamientos prolongados, adaptación de viviendas y apoyo a familiares cuidadores son riesgos que pueden representar costos importantes durante períodos extensos.

Y no necesariamente están cubiertos por los seguros tradicionales de vida o salud.

La evolución demográfica podría transformar estos productos desde un nicho especializado en una categoría relevante dentro de la protección de las personas mayores.


La oportunidad está también en la prevención

El informe de la OMS entrega otra señal relevante: la industria no debería limitarse a indemnizar las consecuencias del envejecimiento.

Los seguros pueden tener un papel creciente en prevenir o retrasar la aparición de enfermedades y dependencia.

Programas de prevención, monitoreo de salud, telemedicina, chequeos periódicos, promoción de actividad física, nutrición y acompañamiento de enfermedades crónicas pueden convertirse en componentes cada vez más habituales de las propuestas aseguradoras.

Esto cambia la lógica tradicional del producto.

El seguro deja de ser solamente un contrato que paga cuando ocurre un siniestro y comienza a convertirse en un servicio permanente de gestión del riesgo de salud y longevidad.


Una nueva segmentación para el mercado

La industria también deberá replantearse la segmentación de sus clientes.

No será suficiente hablar de personas de 60, 70 u 80 años.

Dos personas de la misma edad pueden presentar diferencias enormes en su estado de salud, autonomía, patrimonio, ingresos y necesidades de protección.

La combinación de información actuarial, datos de salud y herramientas de analítica avanzada permitirá eventualmente desarrollar soluciones mucho más segmentadas.

El desafío estará en hacerlo respetando las restricciones regulatorias y de protección de datos que correspondan, evitando que una mayor capacidad de segmentación termine generando exclusiones incompatibles con el objetivo de protección del seguro.


Más años, nuevos productos

La evolución demográfica abre espacio para productos que hoy todavía tienen una presencia relativamente limitada.

Entre ellos aparecen los seguros de dependencia, cuidados de largo plazo, rentas complementarias para la jubilación, seguros de longevidad, productos de salud para adultos mayores y soluciones que combinen protección con asistencia.

También habrá oportunidades para productos destinados no solamente al adulto mayor, sino a sus familias.

Porque cuando una persona necesita cuidados durante varios años, el riesgo financiero no lo soporta solamente quien envejece: también lo soportan sus hijos y su entorno familiar.


El verdadero desafío para las aseguradoras

Las nuevas cifras de la OMS deberían ser leídas por la industria mucho más allá de la estadística de que estamos viviendo más.

El dato verdaderamente relevante es la distancia entre 73,3 años de esperanza de vida y 62,8 años de esperanza de vida saludable.

Son aproximadamente diez años durante los cuales, en promedio, pueden aparecer mayores necesidades de atención sanitaria, tratamiento, asistencia o dependencia.

Ese período representa un riesgo.

Pero también representa un mercado.

Para las aseguradoras, el desafío será transformar la longevidad desde un problema estrictamente actuarial en una oportunidad para desarrollar nuevas soluciones de protección.

Porque el próximo gran mercado asegurador no estará necesariamente en asegurar la muerte.

Estará en asegurar los años que vienen antes de ella.

 
 
 

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